jueves, 16 de marzo de 2017

Yo tengo un sindicato

"No necesito nada de ustedes, ni los problemas ni el dinero. Tengo un sindicato".
Frank Sobotka (The Wire)

Hoy pienso que el Seagirt Marin Terminal  es un puerto gigante de Baltimore, el lugar donde el clan de los Sobotkas y el resto del sindicato de estibadores trabajan y hacen sus chanchullos. En palabras de la propia empresa que gestiona la terminal “fue inaugurada  en 1990, y cuenta con lo último en equipos y sistemas de manipulación de la carga. Detrás de su diseño de alta tecnología se esconde un principio simple: mantener la carga en movimiento”, incluso aunque de vez en cuando se “extravíe” algún contenedor.

Frank Sobotka es el representante sindical de los estibadores, hijo de estibador y nieto de estibador, vela por los intereses y por la supervivencia de su oficio al precio que sea, aunque para ello tenga que mimetizarse con lo que detesta: adoptar sus prácticas, llenar el bolsillo de dinero y hasta ser corrompido para poder corromper.


Hace un siglo, en España la profesión de estibador era más dura que la de minero, agricultor o albañil. Hasta el punto de que tras la II Guerra Mundial costaba mucho encontrar mano de obra en los puertos para realizar estas labores físicamente tan duras. De esta forma, el Ministro de Trabajo de entonces, Girón de Velasco creó la OTP (Organización de Trabajadores Portuarios) nutriéndola de los soldados de la División Azul que regresaban de Rusia, después de pasarlas canutas por una guerra en la que además, supuestamente, España no había participado. De este modo Franco mataba dos pájaros de un tiro, solucionaba el problema de la mano de obra de los puertos y, por otra, resarcía a aquellos divisionarios que volvían sin un pan bajo el brazo después de haberse jugado la vida por una causa que ni ellos mismos tenían clara.

Desde entonces la OTP, primero como tal, después como sociedades de estiba y finalmente convirtiéndose en asociaciones de empresas proturarias, se convierten en las únicas reguladoras de su propio gremio, elaborando su propio censo, teniendo el control del acceso a los puestos de estiba y siendo los únicos encargados de las negociaciones de sus condiciones laborales y económicas.

De esta forma, las empresas están obligadas a emplear únicamente a los trabajadores puestos a disposición por las  SAGEP (Sociedades Anónimas de Gestión de Estibadores Portuarios), en cuyo capital, están además obligadas a pagar.

70 años después, cuando el trabajo de la estiba consta principalmente de pulsar un botón, manejar una grúa o tocar un silbato, la Unión Europea dijo basta, obligando a España a liberalizar la profesión de estibador. Pero no lo hizo de la noche a la mañana, lo hace, primero con una sentencia del Tribunal Superior de Justicia Europeo y fijando un plazo para que el Gobierno español la ejecute. Nadie quiso asumir ese coste político y el Gobierno se lavó las manos, como Pilatos,  dejando en manos de la patronal y los estibadores la negociación. 

23 millones de Euros ha costado a España hasta ahora hacer oídos sordos a Europa, pero ahora el inminente incremento de la multa por parte de la UE por la ejecución de una segunda sentencia, es cuando el Gobierno se pone manos a la obra y decide redactar un Decreto. Los estibadores, acostumbrados a mandar y disponer, amenazan con huelgas que, sin embargo, no terminan de llevar a cabo por... ¿sentido común? ¿capacidad de negociación? No, únicamente por puro y ambicioso interés económico, ya que prefieren hacer una huelga encubierta, parando una hora y trabajando otra, de forma que no dejan de cobrar sus golosos sueldos pero logran ralentizar el ritmo en un 50%. Misión cumplida.

Y mientras, nuestros diputados, con el interés único desde que tomaron posesión en poder dar un palo al Gobierno minoritario, dejan morir un Real Decreto tan justo como necesario, dejando que los 6.156 estibadores sigan manteniendo sus privilegios a costa además de una multa de 134.000 € al día, que pagaremos todos nosotros...

De haber sabido esto, el abuelo de Frank Sobotka no habría emigrado desde Polonia a los Estados Unidos, la tierra de las oportunidades, ya que sin duda habría elegido España para dedicarse al frugal negocio de la estiba. En cualquier caso, dos generaciones después, seguro que Frank habría acabado diciendo también aquello de “Solíamos construir jodidas cosas en este país. Ahora todo consiste en meter la mano en el bolsillo del tipo que tienes al lado”.

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