lunes, 17 de noviembre de 2014

¡Dadme un punto de cobertura!

"Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo"
Arquímedes

Hoy pienso que la tecnología, con sus comodidades y ventajas, nos hace la vida más fácil hasta el punto de hacerse indispensables en nuestras vidas.
Imagino que siempre ha sido así, desde aquel genio anónimo que inventó la rueda y sin el cual no hubiésemos conocido a Fernando Alonso, hasta aquel Sir inglés, ahijado de Isabel I, que tuvo la feliz idea del inodoro, sin duda y escatologías aparte, la invención más higiénicamente brillante de toda la historia.

La máquina de vapor, la electricidad, la fregona... tantos y tantos inventos tuvieron que sucederse hasta llegar al teléfono, ese aparato que nos permitía comunicarnos con los amigos y familiares a miles de kilómetros como si estuviesen allí al lado. Aún recuerdo las horas y horas pegado al auricular... sí, lo reconozco, yo también decía aquello de "no, tonta, cuelga tú". 

El teléfono no era tan malo, si llamabas y no lo cogían, pensabas que no había nadie en casa y no te enfadabas, ya lo volverías a intentar más tarde. Recuerdo a un amigo que en su casa descolgaban el teléfono a la hora de la siesta. Un día, le espeté indignado: "¿Y si un día se muere tu abuelo y os llaman para avisaros?". Él, con su parsimonia habitual me contestó: "Si él ya está muerto, podrá esperarnos dos horas más, ¿no?", una lógica aplastante la suya.

Y el teléfono alumbró a su hijo el móvil, un gadget, en principio más práctico que el teléfono. Ahora podríamos llevarlo siempre encima, hablar desde cualquier lugar y tener la oportunidad de estar siempre localizados. Sonaba bien, sin embargo, lo que era una ventaja se tornó rápidamente en inconveniente. Mamá nos llamba angustiada para preguntarnos dónde estábamos justo cuando acabábamos de ligar con la chica de nuestros sueños, nuestro jefe nos requería un informe en mitad de una cena familiar y nuestra novia (aquella chica de nuestros sueños) nos inquiría nuestra presencia justo cuando los amigotes acababan de pedir una nueva ronda.

Por si no fuera suficiente, la exigente llamada perdida apareció en nuestras vidas. No coger el móvil ya te hacía sospechoso de un delito, pero no devolver la llamada... ¡eso ya era pecado capital!.  Recuerdo que otro día, de nuevo recriminé a mi amigo, el que no perdonaba la siesta, que nunca me devolviese la llamada, ante lo cual, con templanza y pachorra me replicó: "Una llamada perdida es eso, una llamada perdida". Sólo Platón se ha acercado, con alguna de sus dialécticas, a tan abrumador razonamiento.

Y por fin llegó el nieto, una tercera generación que cambiaría definitivamente nuestras vidas. El smartphone. Ese aparatejo endiablado que se ha convertido ya en una mera extensión de la palma de nuestra mano.

Se acabaron los debates absurdos en el bar, donde nunca había vencedores ni vencidos.

- "Qué grandes fueron Di Stéfano y Pelé, lástima que no se enfrentasen nunca"

- "Sí lo hicieron, mi abuelo los vio en el Bernabeu"


-"Tu abuelo vio también elefantes volar, ¡ja ja!". 

-"Bah, no tienes ni idea de fútbol ni de historia".

Nos perdíamos en otra caña y en otro absurdo debate hasta que a la semana siguiente, volvíamos a sacar el tema con dos amigos más que se posicionaban de un lado u otro, creando una eterna batalla tan deliciosa como inútil.

Hoy, aquella controversia se hubiese zanjado rápidamente. A la primera frase, alguien habría sacado el IPhone, tecleado Di Stefano y Pelé y dictaminado: "17 de junio de 1957, homenaje a Miguel Muñoz en el Santiago Bernabéu, jugaron ambos, Di Estéfano con 32 años, Pelé 18".Se acabó el debate, pide otra caña y sanseacabó, sin gritos, sin polémicas, sin chanzas... adiós al encanto de una tertulia.

Actores que protagonizaron películas inexistentes, reyes que nunca reinaron, frías canciones del veraano, capitales de países... ya no hay lugar para las dudas, todos tenemos un Salomón en nuestro bolsillo que acaba con toda absurada disputa.


Ya no nos enfadamos ni nos impacientamos cuando esperamos a alguien 15 minutos en la puerta de una tienda. Sacamos nuestro móvil, ponemos nuestro mejor morrito y nos hacemos un selfie, lo colgamos en Facebook y esperamos ansiosos los comentarios mientras cotilleamos cómo se lo montan nuestros amigos virtuales un saturday night.



Ya nadie se aburre en las cenas de compromiso, al primer bostezo, hacemos como que nos llega un wassup muy importante, y nos pasamos los siguiente 20 minutos leyendo cualquier cosa o wassupeando con cualquier persona, todo con tal de no aguantar a la Tía Puri contarnos lo bien que le va a su nieto el de Murcia haciendo la pasantía en un gran bufete de Yecla.

El smartphone ha conllevado dos grandes perjudicados, por un lado, el "sabeor", ese amigo que todos tenemos que siempre sabe más que tú y que, hables de lo que hables, tiene la última palabra. Sin embargo, ahora, ya no es tan fácil marcarse un farol ante la audiencia, me temo que los sabeores tienen los días contados.

La otra gran agraviada es la etiqueta del champú. Todos alguna vez, hemos leído los ingredientes en castellano, en portugués y en francés, ¡Y hasta en griego!. ¿Quién no leído alguna vez, en alto, con un acento de puro fado eso de "Evitar o contacto com os olhos"?. Hoy, sin embargo, como si los uniese el destino, nos sentamos en el invento de Sir John Harrington, aquel que cambió el mundo, y allí, sin pantalones ni tabúes, mandamos un twiter valorando la caída de la prima de riesgo.

Nostradamus, Isaac Asimov, Julio Verne... todos pensaron en coches voladores y robots humanizados, pero ninguno cayó en la cuenta de que sería un simple aparatito que nos cabría en el bolsillo el que cambiaría el mundo. Hoy Arquímedes no pediría un punto de apoyo, seguramente sólo pediría un punto con cobertura...

martes, 28 de octubre de 2014

Lázarillos, Rinconetes y muchos ombligos


"Sabes en qué veo que las comiste de tres en tres? En que yo las comía de dos en dos y callabas..."
El Lazarillo de Tormes

Hoy pienso que en esta nuestra España los jueces no dan abasto. Todos los días salen nuevos imputados, nuevas causas, nuevos corruptos. Se habla de millones de Euros con una facilidad que por momentos uno pierde la noción de lo que realmente vale ganar un simple puñado de ellos.

Y tras leer la noticia del día, todos a tirar de cliché, o nos indignamos o tiramos al siempre recurrente "y tú más". Qué manía con mirar siempre al de enfrente y echarle la culpa. Los políticos son unos corruptos. La casta, esa palabra que nos han metido en la coleta, es la culpable de todo.

Sin embargo, cuando uno pasa de la portada y escudriña el periódico, descubre que también hay funcionarios que se pasan de listillos, igual que esos futbolistas que olvidaron la declaración de hacienda en casa, los médicos que trafican con bebés o con órganos humanos, detestables curas que sacian sus oscuros deseos con pobres víctimas indefensas, abogados sin ética que se somatizaron con sus facinerosos clientes, sindicalistas sin vergüenza que se vendieron por un pantalón de pana diseñado por Versace, empleados de banca que se cansaron de ver pasar tanto dinero por sus manos sin catar su dulce sabor...

Pero no toda la realidad se dibuja en los noticiarios. La vida nos enseña que también hay tramposos escondidos bajo la legitimidad de nuestra propia condescendencia. Colegas que se cuelan en el cine, vecinos que nos roban la señal del Wi Fi, compañeros de trabajo que hacen un sinpa en el bar de la esquina, primos que no pagan la comunidad de vecinos, conocidos que fueron a Bruselas y estuvieron toda la semana viajando gratis en el tranvía porque nadie les pedía el billete o amigos que el domingo piden en el restaurante la factura de la comida familiar para desgravarla como gasto de trabajo.

Es hora de estudiar anatomía y conocer el ombligo, porque todos tenemos ombligo, señores, miren hacia abajo y descúbranselo. Los políticos son la mera consecuencia de una forma de vida en la que, simplemente, han tenido acceso a más dinero y más poder, cambiando el aprobado del hijo de un amigo por la concesión de una obra de 150 millones de Euros.

No es nada nuevo, hace 5 siglos se escribía tanto sobre la eufemística picaresca que acabó dando lugar a un género literario, hoy nos reímos del pillo de Lázaro y la de garrotazos que se llevó del ciego burlón. Y es que cuando recuerdo la historia de Pedro Rincón y Diego Cortado, no puedo por menos que pensar la de cofradías de monipodios que existen casi 500 años después.

Todos los políticos no son corruptos, pero empieza a parecer lo contrario. Lo peor no es que cada día tengamos un nuevo escándalo, sino que cada escándalo esté aliñado por tantos millones de Euros. Los principales partidos políticos tienen que ponerse las pilas.

Cuando uno lee que el Partido Popular ha expulsado a los protagonistas de los últimos escándalos, piensa que se lo van a tomar en serio, entonces sale el portavoz del PSOE y habla de acabar con la corrupción, y sonrío esperanzado, pero en seguida paso la página y leo que la Junta de Andalucía quiere dejar a la juez Alaya al margen de la investigación que inició hace más de un año y que supone destapar una de las mayores tramas de corrupción de este país (si todavía es posible). Y veo que nada ha cambiado.

Guzmán de Alfarache, tuvo que verse encerrado en galeras para reflexionar y preguntarse angustiado: " ¿Ves aquí, Guzmán, la cumbre del monte de las miserias, adonde te ha subido tu torpe sensualidad?". ¿Nadie reconocerá que en España, el monte de las miserias hace tiempo que se colapsó y que aunque con overbooking, sigue teniendo cabida para más y más corruptos?


No me cabe duda de que todos los partidos políticos tienen un gran trabajo por delante, convencernos de que ellos no son tan malos ni están tan adulterados si es que no lo son. Tenemos que exigirles una metamorfosis que nos haga volver a creer en ellos, porque seguramente, al contrario que la mujer de Julio César,  ya no vale con parecer honesto, ahora también hay que serlo. Es su última oportunidad, porque mientras tanto, sólo nos quedará creer en aquellos que desde la barrera propugnan un cambio, sin un destino claro y sin más argumentos que la propia basura que nuestros gobernantes lanzan.

El otro día un amigo me decía que si él iba en un autobús y veía al conductor borracho, prefería dejar que un ciego condujese antes que seguir dejando el volante al beodo. Es un disparate, pero no deja de tener su sentido, un triste sentido. Puestos a estrellarnos ¿mejor hacerlo en manos de un ciego que de un borracho?

Seguro que en el autobús tiene que haber buenos conductores, con menos experiencia, quizás acostumbrados a conducir únicamente su turismo, pero conocedores de las normas de tráfico y dispuestos a asumir el riesgo. Es hora de encontrarlos y reclamar a los partidos políticos que los lideren. Y no olvidar nuestro ombligo, pongamos de nuestra parte, seamos los primeros en demandar bajo la propia autoexigencia, para que así ningún ciego nos pueda decir que él comía las uvas de dos en dos, mientras nosotros lo hacíamos de tres en tres... 


miércoles, 15 de octubre de 2014

Hay corazones que de razones sí entienden

Hoy pienso que cada día entiendo más el dicho de que el corazón tiene razones que la razón no entiende. !Me duele tanto que me guste tanto el fútbol!

Leía el otro día que el mejor nadador de todos los tiempos, Michael Phelps, ha sido sancionado a 6 meses sin poder competir con su selección, por conducir borracho, y por tanto se quedará sin acudir al próximo mundial de natación en Kazán, Ya está, así de fácil. Poco les ha importado que su presencia garantizase a su país varias medallas, lo primero es lo primero y los valores no entienden de excusas.

Hace un par de días también me hice eco de la noticia de un Director de un Instituto norteamericano que suspendió el programa completo de fútbol americano porque se habían dado varios casos graves de bullying a algunos jugadores del equipo por parte de los más veteranos. "Tengo que asegurarme de que entendemos lo que representa el fútbol", sostuvo el Superintendente. "Es un deporte. Cuando se lo considera algo más que un deporte, pasan estas cosas".

Y mientras, aquí seguimos jaleando a nuestros gladiadores, esos chicos que dejan los estudios a los 12 años y que con 18 ya tienen el deportivo rojo y la  muñeca hinchable a su lado. Esos mismos chicos que cuando marcan un gol no dudan en remarcar su valía, señalándose su nombre, son los que simulan agresiones, pegan mordiscos, se pelean con sus compañeros por tirar los penaltis y fuman y beben, montan orgías en las concentraciones y tan sólo se preocupan por que no se les seque la espuma del pelo.

Esos jugadores no tiene la culpa, tampoco la tienen los que les pagan, esos que inflan las comisiones y se las llevan en bolsas de basura....ni siquiera el Estado es culpable de permitir que acumulen grandes deudas al erario público. 

Son nuestros protagonistas del pan y circo. Poco importa que defrauden a Hacienda o que se dejen perder por un puñado de Euros. Ellos nos permiten soñar, por eso desde que son pequeños y los llevamos al coliseo, les gritamos, amenazamos al imberbe árbitro y escupimos al niño que le roba el balón a nuestro pupilo. 

Esos son nuestros valores, porque en el fútbol todo vale. Y si un entrenador le mete el dedo en el ojo al contrario, será que se lo tenía merecido, todo sea por levantar la copa. Mi hijo me guiña el ojo y me dice: "Eso le ha dolido, ¿eh, Papá?" y yo le sonrió, ¡menudo machote tengo en casa!

Es que ganan mucho dinero, y el dinero vicia lo que toca... Sin embargo, ves a un profesional del tenis, ese deporte de pijos, individual y poco sufrido, se llama Rafa y  ya es millonario. Por fin gana a su máximo rival, al mejor jugador de todos los tiempos. Le pasan el micro, es momento de reivindicarse y sacar pechito.... Sin embargo, él sólo tiene palabras de consuelo para su compañero y amigo, "tranquilo, Roger, eres el mejor y volverás a ganar, te lo mereces". No, me digo, el deporte no se vicia sólo por dinero.

Hace poco, un amigo muy amigo con alguna influencia muy influyente me invitó a ver un partido de la Ñ. Antes del evento, pudimos entrar en el hotel y compartir unos minutos con los jugadores.... Allí tenías a leyendas vivas andar a tu lado, reír y no negar ni un autógrafo, ni tampoco un incómodo selfie. A pesar de su altura, no te miran por encima del hombro. Un tal Gasol, con méritos suficientes para ser un divo se retrasa a la hora de subir al autobús. Tocan el claxon, "vamos Pau, ¡pesado!" le dice, entre risas, Juan Carlos . Pau, sigue firmando autógrafos a todos los niños. Se disculpa pidiendo perdón, "me voy, que a este paso no jugamos" me dice con una sonrisa y posando para mi móvil. Lo dicho, no es el dinero lo que vicia el deporte.

Me tomo una cerveza con un colega y la tele encendida, acompañando, con el  de fondo verde, es un partido de rugby, "¡qué tíos más burros!" Me dice mi amigo, mientras termina el match y los vencedores hacen un pasillo al otro equipo. Ahora sale un tal Gómez Noya, sudando y en mallas cruzando la meta, entonces, sin levantar casi los brazos se da la vuelta, espera un poco y abraza al que llega segundo. "¡Correr es de cobardes!" Refunfuña mi amigo abriendo otra lata de cerveza. "Anda, cambia, que ya va a empezar el fútbol!" 

Antes de empezar el encuentro, anuncian leche asturiana, sale un chico  gallego, al que nadie gana en medallas olímpicas y que anda entrenando en Brasil, con su canoa a cuestas y peleando los 4 euros que le dan para poder competir en las próximas olimpiadas. No tiene coche, ni anuncia calzoncillos, pero no tiene rencor, tampoco pone sus pulgares señalando su nombre a la espalda. Él sólo entrena, mientras trabaja enseñando a los brasileños a dar paladas, ese es el trato.

Bueno, dejémonos de tonterías, que empieza el partido y poco más importa. Ya no tengo remedio, pero entonces mi enano se levanta y me dice, "¡vaya rollo, Papá!". Y yo me sonrío y le digo a mi corazón, "aprende, tontorrón, porque hay corazones que sí atienden a razones y ellos sí entienden"

lunes, 22 de septiembre de 2014

Para desayunar no estarán tan ricos...

Hoy pienso que todo empezó allá por el año de Naranjito. Aquel verano, no recuerdo la razón, mis padres, poco dados a este tipo de cosas, dieron su consentimiento y me fui a pasar el verano al chalet de mis tíos, en un pueblo de Madrid.

La experiencia estaba siendo buena, si no fuera por la siesta obligada que mi tía no perdonaba.  Recuerdo aquellos días, siempre jugando con mis primos y con los chavales de la urbanización... todavía no he olvidado algunos nombres, como Goyo, aquel niño "gamberro y enterao" o mi primer amor de 8 años, Anita.

Fue un día cualquiera, no sé si lunes o sábado, porque cuando eres niño y es verano, todos los días son igual de divertidos. Llegó la hora de comer y allí, sentados en la mesa, observé un cuenco en lugar del típico plato hondo de diario. - "¿Y esto?"- Me atreví a preguntar, ignorante de mi.

- "Hoy comemos gazpacho, de tu tierra, ya sabes".  Me dijo mi tía con una sonrisa de oreja a oreja.

- "!Qué lástima!, a mi no me gusta el gazpacho. ¿Qué hay de segundo,?" Inquirí, inconsciente de lo que ocurriría más adelante.

Mi tía, sin perder nunca la calma, algo que de por sí, la caracterizaba, casi susurró. -"Bueno, tú bébete tu gazpacho y luego seguro que el segundo plato ya te gusta más".

Sin darme cuenta del desafío que iniciaba y con la torpeza propia de mi edad, contesté, - "No, Tita, es que yo no quiero gazpacho, no me gusta, me espero al segundo plato". 

Fue en ese momento cuando noté que algo no iba bien. El silencio que se hizo en el salón se podía oír por todo el pueblo, creo que hasta el presentador del telediario se calló en ese instante. Mis primos se miraban entre ellos y mi tío no levantaba los ojos de su plato... Me sentí Will Cane frente a Frank Miller, con todo el pueblo mirando tras las ventanas de sus casas de madera... Ella me miró y, tranquilamente, me dijo. "Anda, no digas tonterías, no vas comer nada más hasta que no te bebas el gazpacho, ya verás como no está tan malo".

- "No pienso comérmelo". Fue lo último que dije, cruzándome de brazos. 

La comida acabó, así, en silencio. Todos terminaron sus platos y yo allí seguía, delante de mi indemne gazpacho. Quitamos la mesa entre todos, como siempre, y nos fuimos a dormir la ineludible siesta.

Tras la hora y media de rigor, salimos del cuarto mis primos y yo a toda prisa, a por la merienda, requisito sine qua non para salir a jugar a la piscina. Por el pasillo, muerto de hambre, sabiéndome triunfador, dispuesto a acabar con todo el paquete de galletas María, pude divisar la silueta de mi tía en la puerta de la cocina con su sempiterna sonrisa. En la mesa, el cuenco de gazpacho, de al mediodía seguía allí. Buscando aliados, pude ver la cara jocosa de mis primos, que claramente estaban disfrutando con aquello, miré a mi tía y espetó, sin perder su dulzura: "Ahí tienes tu merienda".

- "No quiero gazpacho", dije casi de forma autómata.

- "Bueno, cariño, entonces súbete a tu cuarto, porque si no meriendas, no podrás salir a jugar".

Herido en mi orgullo, frunciendo el ceño, me dirigí a mi cuarto y cerré la puerta. !Maldito gazpacho!

A la hora de la cena, me volví a encontrar el cuenco... y a la mañana siguiente, y otra vez en la comida... hasta que al día siguiente, cuando mis tripas parecían la filarmónica de Viena, aunque algo más desafinada, no pude más y me tomé el gazpacho más rico que he tomado nunca. Bueno, el gazpacho, dos vasos de leche, 5 magdalenas y una tostada de mantequilla. 

Hace unos años, estando en Perú, me invitó a comer un diplomático. Sabedor de mis años vividos en Murcia, el buen hombre, con toda su buena intención, me dijo, "como tú eres de la huerta, te voy a pedir unos pimientos rojos como no los has probado en tu vida". Para el que no lo sepa, yo odio los pimientos, los rojos y los verdes, y si hubiese pimientos azules tampoco me gustarían, !seguro!. Pero allí que me quedé impertérrito, sin saber qué decir, más que un "muchas gracias por el detalle".

Cuando vi delante mía, aquel plato lleno de unos pimientos del tamaño de un puño creí desfallecer. "El secreto de estos pimientos", me decía el diplomático, "es la tierra, por eso están tan jugosos y tienen ese sabor tan especial. Como tú eres huertano, les he dicho que te los dejen casi crudos, para que aprecies mejor el sabor".

Ni que decir tiene que fue una de las peores comidas de mi vida, ni siquiera pude camuflar el sabor de aquellos inmensos pimientos entre cerveza o simple agua, porque únicamente nos sirvieron una bebida típica también de allí, el Pisco sour, de la cual es mejor no darle más de dos sorbos si no quieres acabar bailando la sardana encima de la mesa. 

Lo cierto, es que dejé el plato vacío, incluyendo un pimiento extra que la mujer del diplomàtico se empeñó en cederme porque se notaba que me habían encantado... Sin embargo, aquel día hice buenas migas con el diplomático, exultante por haberme podido ofrecer un plato tan delicioso de aquella tierra, hablamos de todo y nos sentimos muy cómodos. No sé qué hubiese pasado si  antes de empezar a comer hubiese declinado su invitación y le hubiese reconocido mi aversión por los pimientos, quizás todo hubiese ido igual, o quizás no.

Sin duda aquella lección de mi tía no la olvidaré nunca. Hoy seguramente, a mis 8 años, la podría haber denunciado, mis padres, indignados, le habrían retirado el saludo, los medios de comunicación la habrían defenestrado y algún juez sensible con las necesidades y los intereses infantiles le habría condenado y quitado la custodia de sus hijos. Sin embargo, en aquel entonces, gracias a mi tía, aprendí a ser educado, agradecido y a saber comportarme en cualquier sitio, algo que me ha servido muchas veces a lo largo de la vida. 

Y todavía hoy, como me sucedió el pasado jueves, cuando me invitan a comer y me ponen un  revuelto de exquisitos pimientos verdes con jamón... no puedo por menos que sonreír y decirme a mi mismo, "mejor me los como, que seguro que para desayunar no están tan ricos..."

Por cierto, que hoy me pirro cada vez que mi madre hace su gazpacho, con mucho ajo y muy fresquito...

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Escolta tu, mejor contra España que sin ella

Hoy pienso que decía Sir Winston Churchill que un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema.

Según esta definición, Artur Mas se lleva la palma, empeñado en pasar a la historia como el Moisés catalán, el hombre que le dio la independencia a su pueblo.

No importa si los que prestan el dinero están reticente, ni si los principales empresarios anuncian su posible huida de ese nuevo país en caso de que llegue a ser tal. Nuestro Arturo tiene respuesta para todo.

Y si a última hora resulta que el lodo de la corrupción empieza a entrar por debajo de la puerta de su casa, tarda poco en sacar un trapo en forma de senyera, lo pone en la rendija y deja que su maestro honorable se ahogue en la ciénaga que construyeron juntos durante tanto tiempo.

A nivel internacional, Arturito, sumido en su nube tricolor, pensaba que lo tendría fácil. Sin embargo, tras recibir un portazo en las narices de la mismísima Unión Europea, se dedicó a ir de tournée por distintos países para recabar apoyos para su causa. Tantos años pagando los alquileres de sus embajadas tendría que servir para algo, debío pensar. Y así, fue recibiendo nones, alguna sonrisa sin fondo y muchas palmaditas de consuelo en la espalda. Sólo Letonia se atrevió a seguirle el juego, aunque alguien debió explicarle al Presidente Letón la película, porque no tardó en retractarse y decir que Cataluña tendría que someterse a la legislación y Constitución españolas, que es la suya también, por cierto.

 Pero Mas no se da por vencido, y haciendo buena la frase de Moliere, "cuanto más grande es el obstáculo, mayor la gloria de haberlo superado", sueña con su propia estatua en las Ramblas, mirando de frente a Colón, con barretina y todo, inasequible al desaliento, con su empecinamiento por senyera y gritando eso que tanto dicen los catalanes: "Fer mans i mànigues!"

Seguramente, en una de estas dulces noches mediterráneas, arropado a la luna pensaría para sí, "estos occidentales nos tienen manía, envidia, tiña... odio a estos occidentales. ¿Qué sabrán ellos de independencia, de vivir sometidos a un país que no es el tuyo? !Polonia, Serbia o Croacia... nunca han vivido una situación como la nuestra! ... Pero espera, Arturo, ¿tu estas ximple? ¿Y por qué no buscar en Oriente? Total, todos los marroquíes son del Barça, no? Será fácil convencerlos, un par de mezquitas... con la reglamentaria comisión del 3%, per descomplat, y ya está"  

Y así, debió surgir la última ocurrencia, desesperada, de Artur Mas, ofrecer a Marruecos regentar el Islam en Cataluña. Introducir el árabe en el colegio (en lugar del castellano, por supuesto) y el Islam como asignatura son algunas de las medidas a implementar.

Si comenzaba tildando de fanático a Artur Mas, no quiero terminar sin aclarar que no me refería a un fanatismo independentista. Arturo es un fanático de sí mismo, donde la obsesión por su propia gloria es la domina en su vida y sus actos. Un fanático nunca abandona sus principios, Arturo, parafraseando al bueno de Groucho, tiene unos principios y si no sirven para su fin los cambia. 

Podría haberle dado por incluir en la agenda escolar "salto al vacío desde el balcón del hotel" o "aprender a beber tequila de cuatro en cuatro vasos" y así haber encontrado el apoyo de los jóvenes británicos, pero imagino que pensó que muchos de ellos eran menores y no votaban, y total, a ellos ya les sacaba la pasta a base de chupitos, aún a costa de sus paisanos catalanes que tienen que aguantarlos.

Si los planes de Arturito salen bien, Cataluña nacerá como un país donde lo niños tendrán que estudiar y hablar dos lenguas en el colegio. Los carteles de las tiendas tendrán que figurar en catalán y bereber. Marruecos reclamará parte de las ganancias que ese país gana con sus compatriotas...  y seguramente, alguna chica embotada en un burka pensará, "escolta tu, pues estaba mejor contra España que sin ella..."

jueves, 7 de agosto de 2014

De mayor quiero ser Superferretero

"Este capitán era uno de esos valiosos mortales que se encuentra en todo tipo de profesiones, aún en las más humildes; esa clase de persona a la cual todo el mundo está de acuerdo en llamar un hombre respetable"
Herman Melville


Hoy pienso que estoy leyendo la encuesta anual que publica Adecco sobre la pregunta ¿qué quieres ser de mayor? y no hay sorpresas. 

Por un lado, los niños siguen soñando con ser futbolistas o policías, mientras que las niñas, les guste o no a las Bibis y los Bibos, quieren seguir siendo maestras, veterinarias o peluqueras, será que todavía no se ha gastado dinero suficiente adoctrinando...

Si a mi me preguntasen ahora, no sé lo que querría ser de mayor, la verdad. Imagino que depende de los intereses que anteponga, porque aunque preferiría ser jugador de rugby profesional antes que futbolista, lo cierto es que la cuenta corriente de Cristiano Ronaldo me gusta más que la de Daniel Carter, por ejemplo.

Sin embargo, hay profesiones que no están valoradas suficientemente. Y es que el hecho de no arriesgar tu vida a diario, no salir en la tele o no influir en el futuro de miles de ciudadaniños no implica que una persona no sea buena en lo que hace, es decir, que no haga bien su trabajo o que no merezca respeto y admiración.

Yo tengo una profesión a la que hoy quiero rendir un homenaje muy especial: El ferretero.

Por mis circunstancias profesionales, me he mudado de casa más de 10 veces, y eso ha supuesto conocer cientos de ferreterías para poner cuadros, grifos, etc. Así que he tenido la oportunidad de conocer ferreteros jovenes, viejos, calvos, guapos, algunos más modernos, murcianos, madrileños, jienenses y hasta de tierras de Albacete, y todos, sin excepción, tenían en común una cosa: Una profesionalidad que borda la excelencia.

Creo que Confucio estaba pensando en la profesión de ferretero cuando dijo aquello de que "si amas lo que haces, nunca será un trabajo" y es que para ser ferretero tienes que desear ser ferretero y disfrutar con su trabajo.

Para empezar se me antoja harto complicado conocer tantas herramientas y materiales. Sin embargo, tú llevas un tornillo oxidado, el ferretero lo coge, lo mira de reojo y en menos de 3 segundos es capaz de decirte algo así: "Este es un tornillo Tormex de estrella del 6, pero ya no se fabrican... aunque espera, igual si miro en el almacén puede que tenga un par de cajas ahí todavía, y estoy pensando que si necesitas más, puedo llamar a la fábrica, con la que trabajo mucho, a ver si me pueden conseguir más."

Además de vender todo tipo de cacharros, algunos inimaginables (desde una yogurtera hasta un insecticida DDT) y dominar todas las marcas y modelos, luego viene la siguiente parte, y es la capacidad de comprensión y traducción. 

- "Buenas, mire, estoooo, venía porque se me ha roto la goma del... sí, la típica goma que hace como así en el jardín... el caso es que necesitaba juntarla con el trozo de eso que va directo a la boca deeee... ya sabe, lo de allí para que se riegue... y quería comprar uno de esos, como los del Camp Nou a los que le sirva la goma que le digo, la típica verde, pero bueno, ¿eh?, de los que no se rompa cuando lo pille con el cortacésped...". 

Una ligera sonrisa, unos segundos de pausa y la amable respuesta del ferretero: "Usted necesita un aspersor Toro de la serie 40, vienen con cobertura cabezal a cabezal y proporcionan una cobertura completa y uniforme, con esos no tendrá problema".

No debemos olvidar además de la parte profesional, la vocacional, esa capacidad innata para aguantar las historias de todo humano que entra y explica su reforma, su obra o la razón que le ha llevado allí. Y el ferretero aguanta, contrasta tamaños de tornillos diferentes, unos más largos pero no tan gruesos, otros de punta redondeada que no sirven porque van sin taco, aquellos dorados que no van con el color del marco de la pared donde van a ir, no vaya a ser que se vean... y tras más de media hora de tertulia, nuestro héroe cuenta uno a uno los 25 tornillos, los envuelve en un trozo de papel de periódico, los mete en una minibolsita y te dice afablemente, "son 42 céntimos". Es en ese momento cuando uno piensa que al lado de un ferretero, Santa Teresa de Calcuta no era tan santa y que el Santo Job era un mero aprendiz.

Ayer descubrí otro nuevo héroe, era ya tarde y me dirigía a casa, de pronto pasé por una ferretería que curiósamente seguía abierta, así que me acordé de que necesitaba lijar unos muebles y decidí entrar. Mientras andábamos los dos enfrascados, tratando de averiguar con varios catálogos el tipo de lija que necesitaba para un tipo de madera que le describí como "no es blanda, más bien dura, pero algo vieja, osea que en realidad dura no está", entró otro caballero, quien soltó encima del mostrador un puñado de tuercas y espetó un seco "nada, que no me sirven, que son chicas". Mi recién conocido ferretero alzó la mirada y le dijo, "vaya, pues por lo que me dijo yo creía que servirían, Pues lo siento pero más grandes no las tengo". "Bueno" le dice el hombre, "me devuelve los 15 céntimos y ya las buscaré en otro lado"

Y allí que se fue el hombre con sus 15 céntimos, y aquí paz y después gloria. Yo por mi parte, seguí robándole algo más de 15 minutos hasta que encontramos el tipo de lija que yo quería, abrió un paquete sacó una hoja de lija del tamaño de media cuartilla y me dijo, "usted la prueba, y si no le sirve, viene y seguimos buscando". Le pregunté que cuánto costaba el paquete y me dijo con cara sorprendida "¿El paquete entero? Pues 3 euros y medio", a lo que sin dudar, le dije, "Deme el paquete entero, que seguro que sirve".

Mientras reflexionaba sobre esto, al salir del comercio, un poco más arriba me topé con un "chino", (ya sabéis, esas tiendas que no sabes qué venden exactamente, pero que siempre que entras, acabas saliendo con un montón de cosas excepto a por la que habías entrado). No sé por qué, pero de forma impulsiva entré y le pregunté a un chaval, que no hablaba mi idioma y que estaba en un pequeño mostrador, por lija. Tras repetirselo tres veces y sin mucho convencimiento, me señaló lo que creí entender como tercer pasillo a la derecha. Finalmente, tras varias vueltas por todo el comercio, recorrerme todos los pasillos innumerables veces y preguntarle al mismo chico dos veces, siempre con la misma respuesta, encontré una caja en el suelo con un único tipo de lija, tamaño folio y que costaba cada una 50 céntimos (sin IVA).

Salí de allí más convencido aún de mi compra, porque desde luego, aunque es cierto que en el "chino" era más barata, ni la disposición del dependiente, ni su atención, y ni tan siquiera la calidad del producto que vendía, era lo que buscaba. 

Así que lo tengo decidido, de mayor quiero ser... Superferretero. 





miércoles, 30 de julio de 2014

Más padre que sabio

Hoy pienso que ser padre es la tarea más difícil que existe. Nunca se está preparado para ello, no existen manuales ni cursillos previos, y aunque la supernanny lo haga parecer fácil, cada hijo requiere una educación y un cuidado personalizado y distinto.

A diferencia de cualquier otra tarea, los resultados nunca son definitivos, y así un padre nunca deja de cuidar y preocuparse de su vástago, por muchos años que éste cumpla. Además, a pesar de que la personalidad de una persona se conforma por otros factores además de la educación parental, como la propia genética, los amigos o las experiencias personales entre otras, la responsabilidad moral y social será siempre del padre.

Además de no ser una labor remunerada, un padre nunca conseguirá ser amigo de su hijo, sus titos siempre serán más fuertes y guapos, sus abuelos más generosos y complacientes y sus colegas serán sus confesores y amigos. 

Y sin embargo, no conozco a ningún padre que, teniendo la oportunidad de renunciar, lo hiciese. Eso es lo que lo hace misteriosamente maravilloso, que una media sonrisa, un beso robado o una cálida mirada es suficiente para sentirse recompensado.

Ser padre no es fácil, claro que no, nunca sabes si estás malcriando a tu hijo cuando con 7 años dejas que se coma dos helados de postre o si eres demasiado estricto cuando, al cumplir 16, no le dejas ir al concierto de su cantante favorito. Son decisiones que un padre toma, en un momento concreto, sin saber a ciencia cierta si es la mejor decisión, y con la crueldad añadida de que nunca sabrá si erró o acertó.

Me viene a la mente un amigo mío, cuyo padre era bastante estricto. Tras años de educación y disciplina casi castrense, mi amigo es hoy un hombre casado, con hijos y un reputado profesional en lo suyo. Un día, su padre, en plena discusión sobre la educación que le había dado y defendiendo sus rigurosos métodos, le dijo: "has llegado a ser lo que eres gracias a mi" a lo que su hijo contestó de forma seca y tajante: "más bien soy lo que soy a pesar de ti".

Alguien dijo alguna vez que la primera parte de nuestra vida nos la estropean los padres, la segunda los hijos. Y es que si ser padre es harto complicado, ser hijo tampoco es fácil. Desde que somos pequeños, vemos en nuestro padre a esa persona malvada sin escrúpulos que nos dice que NO a todo, que se encarga de limitar todas nuestras ambiciones y sueños, que nunca nos deja dormir o vaguear tranquilos y que, por supuesto, no nos comprende.

Sin embargo, una vez que somos adultos, ser hijo es mucho más fácil, o debería serlo, porque nunca tendríamos que dudar de que un padre lo da todo por nosotros y que más o menos acertadamente, las decisiones que tomó lo hizo siempre pensando que era lo mejor para nosotros. De poco sirve guardar un absurdo rencor o  desear que, aún ya nosotros adultos, nuestro padre fuese de otra manera. Lo cierto es que nos dio la vida y desde entonces compartió con creces todo lo que tenía y eso es motivo suficiente para estarle siempre agradecido.
Decía Mark Twain que cuando tenía catorce años, su padre era tan ignorante que no podía soportarle. Pero cuando cumplió los veintiuno, le parecía increíble lo mucho que su padre había aprendido en siete años.

Quizás algunos hijos tarden más en ver lo que sus padres han aprendido, pero todos, tarde o temprano, deberíamos ponernos sus zapatillas y saber que, nuestro padre siempre ha sido más padre que sabio, y eso, precisamente, es su mejor virtud.

P.D. Hoy en día es difícil referirse a un padre. Lo ves tan obvio que no crees necesario aclarar que hablas del padre como la figura universal que incluye e integra a padres, madres y cualquier otra persona que actúa como tal. Quizás fuese preferible utilizar algún otro término políticamente correcto, pero yo, cabezón y quijote, no lo haré, no sólo por economizar, sino por engrandecer una palabra cuyo significado y sonido es más bello que el de otros términos impuestos como progenitor o ascendiente.