sábado, 25 de marzo de 2017

Adopta una hormiga

Hoy pienso que hace unas semanas, en un día de campo tras varios kilómetros de senderismo perdido en la Sierra de Cazorla, una vez repuestas fuerzas entre risas, viandas y cervezas, decidí contemplar el horizonte y dejarme llevar unos minutos por mi gran amigo Morfeo.

Allí tumbado, bajo el azul del cielo, buscando formas a las nubes y pensando en lo humano y lo divino, justo cuando estaba a punto de encontrar la solución a todos los males del mundo, sentí un cosquilleo en mi brazo. Una hormiga había iniciado otra ruta senderista con destino a lo desconocido y escogió mi extremidad como camino. Me incoporé rápidamente y cuál fue mi sorpresa al darme cuenta de que había atinado a escoger como lugar de rellano un hormiguero.

Imagino que ayudado por el exceso de oxígeno puro de aquellos lares allí me quedé ensimismado observando la fila de hormigüelas que entraban y salían de su agujero. Con el dedo jugaba a obstruir su camino y ellas rápidamente, tan listas y diligentes, sin protestar ni nada, se disponían a bordear mi dedo y volver a su camino.

Llevando mi mirada un poco más lejos de la fila, observé cómo dos hormigas trataban de llevar lo que debía ser el cuerpo decapitado de un escarabajo. Sin duda pesaba lo suyo, por lo que tras varios amagos y caídas, dos compañeras solidarias se acercaron y entre las cuatro valientes, ahora sí, levantaron a pulso aquel cadáver pelotero y se pusieron a la cola junto al resto de compañeras.

En ese momento se me acercó el hijo de un amigo y se sentó a mi lado preguntándome qué hacía. - "Mira", le dije, "cómo trabajan las hormiguitas. ¿Sabías que provienen de la misma familia que las abejas y que tienen más de 110 millones de años?" El niño me miró asombrado, se levantó sin dejar de mirar aquella hilera disciplinada de pequeñas obreras y, ¡zas! De un pisotón barrió toda la fila. "Pues no son tan fuertes para ser tan viejas", me espetó el enano, mientras se alejaba henchido de su victoria.


Aquel acto cruel y salvaje me hirió profundamente. Con lágrimas en los ojos contemplé aquel caos. Hormigas en shock que se movían alteradas y errantes, cadáveres inertes, algunas moribundas y otras que trataban bravamente de aferrarse a la vida.

En ese momento supe que tenía que hacer algo, cogí una de ellas, que trataba inútilmente de ponerse en pie y la puse cuidadosamente en la palma de mi mano y asumiendo la gran responsabilidad que aquel acto conllevaba... la adopté.

Pensé en todos aquellos animalistas que sufren cuando ven a alguien comer jamón porque proviene del cerdo, o los que vomitan sólo de pensar que alguien puede saborear un lechoncillo. Las grandes y ya violentas luchas por evitar las corridas de toros... incluso me acordé de aquel compañero de trabajo que se atrevió a pedir un día de permiso por la enfermedad de su perro, porque según él "formaba parte de la unidad familiar".

Iguanas, serpientes, ratones... da igual que sean feos, peligrosos o que puedan provocar enfermedades, sin embargo nadie nunca cayó en la cuenta de tener en casa y cuidar a una hormiga, tan silenciosa, disciplinada y cariñosa, sin dar nunca ni una queja. Y a cambio de toda una vida sacrificada y dedicada al trabajo ven como son maltratadas por las explotadoras cigarras o son asesinadas y engullidas en países como Colombia o Méjico sin que la ONU haga nada al respecto. 

Mi hormiga se llamaba "Sara" y la llevé un rato en la palma de la mano mientras ella, claramente agradecida, se dedicaba a acariciarme la mano de arriba abajo y de abajo a arriba. Finalmente pensé que estaría cansada y la puse sobre mi hombro, como hacen algunos con sus loros. 

Al llegar a casa la busqué, pero no estaba. Me desnudé cuidadosamente y no fui capaz de encontrarla. Debí haberla golpeado en un movimiento brusco, y debió perder el equilibrio, pobrecita mía. No sé si algún día podré perdonarme mi descuido. No creo que nunca encuentre a Sara, pero desde entonces lucho con todas mis fuerzas porque se reconozcan los derechos de los formícidos, porque ellos también tienen sentimientos. Ya está bien de tanto animalista que en su lucha sin cuartel discrimina a los insectos y los margina en la lucha por la igualdad y el reconocimiento de los derechos más básicos.

Hasta Víctor Hugo se olvidó de las hormigas cuando afirmó aquello de que "los animales son de Dios, la bestialidad es humana". ¿Y los insectos, de quién son los insectos? Por eso, te pido que te unas a mi lucha, hazte insectista, sal a la calle y en el primer jardín que encuentres, adopta una hormiga.

jueves, 16 de marzo de 2017

Yo tengo un sindicato

"No necesito nada de ustedes, ni los problemas ni el dinero. Tengo un sindicato".
Frank Sobotka (The Wire)

Hoy pienso que el Seagirt Marin Terminal  es un puerto gigante de Baltimore, el lugar donde el clan de los Sobotkas y el resto del sindicato de estibadores trabajan y hacen sus chanchullos. En palabras de la propia empresa que gestiona la terminal “fue inaugurada  en 1990, y cuenta con lo último en equipos y sistemas de manipulación de la carga. Detrás de su diseño de alta tecnología se esconde un principio simple: mantener la carga en movimiento”, incluso aunque de vez en cuando se “extravíe” algún contenedor.

Frank Sobotka es el representante sindical de los estibadores, hijo de estibador y nieto de estibador, vela por los intereses y por la supervivencia de su oficio al precio que sea, aunque para ello tenga que mimetizarse con lo que detesta: adoptar sus prácticas, llenar el bolsillo de dinero y hasta ser corrompido para poder corromper.


Hace un siglo, en España la profesión de estibador era más dura que la de minero, agricultor o albañil. Hasta el punto de que tras la II Guerra Mundial costaba mucho encontrar mano de obra en los puertos para realizar estas labores físicamente tan duras. De esta forma, el Ministro de Trabajo de entonces, Girón de Velasco creó la OTP (Organización de Trabajadores Portuarios) nutriéndola de los soldados de la División Azul que regresaban de Rusia, después de pasarlas canutas por una guerra en la que además, supuestamente, España no había participado. De este modo Franco mataba dos pájaros de un tiro, solucionaba el problema de la mano de obra de los puertos y, por otra, resarcía a aquellos divisionarios que volvían sin un pan bajo el brazo después de haberse jugado la vida por una causa que ni ellos mismos tenían clara.

Desde entonces la OTP, primero como tal, después como sociedades de estiba y finalmente convirtiéndose en asociaciones de empresas proturarias, se convierten en las únicas reguladoras de su propio gremio, elaborando su propio censo, teniendo el control del acceso a los puestos de estiba y siendo los únicos encargados de las negociaciones de sus condiciones laborales y económicas.

De esta forma, las empresas están obligadas a emplear únicamente a los trabajadores puestos a disposición por las  SAGEP (Sociedades Anónimas de Gestión de Estibadores Portuarios), en cuyo capital, están además obligadas a pagar.

70 años después, cuando el trabajo de la estiba consta principalmente de pulsar un botón, manejar una grúa o tocar un silbato, la Unión Europea dijo basta, obligando a España a liberalizar la profesión de estibador. Pero no lo hizo de la noche a la mañana, lo hace, primero con una sentencia del Tribunal Superior de Justicia Europeo y fijando un plazo para que el Gobierno español la ejecute. Nadie quiso asumir ese coste político y el Gobierno se lavó las manos, como Pilatos,  dejando en manos de la patronal y los estibadores la negociación. 

23 millones de Euros ha costado a España hasta ahora hacer oídos sordos a Europa, pero ahora el inminente incremento de la multa por parte de la UE por la ejecución de una segunda sentencia, es cuando el Gobierno se pone manos a la obra y decide redactar un Decreto. Los estibadores, acostumbrados a mandar y disponer, amenazan con huelgas que, sin embargo, no terminan de llevar a cabo por... ¿sentido común? ¿capacidad de negociación? No, únicamente por puro y ambicioso interés económico, ya que prefieren hacer una huelga encubierta, parando una hora y trabajando otra, de forma que no dejan de cobrar sus golosos sueldos pero logran ralentizar el ritmo en un 50%. Misión cumplida.

Y mientras, nuestros diputados, con el interés único desde que tomaron posesión en poder dar un palo al Gobierno minoritario, dejan morir un Real Decreto tan justo como necesario, dejando que los 6.156 estibadores sigan manteniendo sus privilegios a costa además de una multa de 134.000 € al día, que pagaremos todos nosotros...

De haber sabido esto, el abuelo de Frank Sobotka no habría emigrado desde Polonia a los Estados Unidos, la tierra de las oportunidades, ya que sin duda habría elegido España para dedicarse al frugal negocio de la estiba. En cualquier caso, dos generaciones después, seguro que Frank habría acabado diciendo también aquello de “Solíamos construir jodidas cosas en este país. Ahora todo consiste en meter la mano en el bolsillo del tipo que tienes al lado”.