domingo, 26 de enero de 2014

¿Quieres usted casarse conmigo?

Hoy pienso que hay mujeres muy mujeres. No alardean de llevar pantalones, tampoco les gusta darle patadas al diccionario para sentirse superiores o superioras y no necesitan vestir sus axilas y piernas de bellísimo bello.
 
Y al pensar en esas mujeres muy mujeres, siempre me viene a la mente una gran mujer muy mujer. De esas que las feministas deben odiar, porque representan justo lo contrario de lo que ellas son y con su forma de ser y actuar, logran dejar a la mujer tan distinta y superior como igual y singular, ni mejor ni peor.
 
Una vida dura a sus espaldas, una guerra en su infancia, muchos trabajos duros en sus manos y sin embargo, siempre una sonrisa en su cara. Dulce de voz, cariñosa de tono y sin embargo, dura de carácter y fuerte de espíritu. Una de esas almas que enamoran por su bondad, y que predican con sus actos, no con sus palabras.
 
Ella se regala para los demás, lo primero su familia, y así, feliz, dándolo todo. Es cómo sonríe desde el fondo, observando, callada, siempre con una buena palabra en sus labios, esos labios que sólo hablan cuando tienen que mostrar su sabiduría. 
 
Me cuenta que con 5 años le dieron la gran responsabilidad de cuidar del bebé de la "señora" de la casa donde su familia servía. Lo dice orgullosa, no apenada. Quizás un poco resignada, pero ella no protesta, no creo que sepa lo que eso significa.
 
Y así con el guiño desde allí arriba de mi Yaya y mi Pepita, y sin ni siquiera pedirle permiso a ella, la adopté como abuela, porque la veo y me inspira, me sonríe y me enamora. Porque es un ejemplo para mujeres, para hombres, para madres, y para hijos. Porque da y nunca espera recibir, porque trabaja y es incansable, incluso ahora que su energía empieza a difuminarse entre 85 largos veranos y algún que otro frío invierno que sólo para ella se queda.
 
Sentado a su lado viendo la pantalla mágica, un joven se queja y dice que está harto, harto de ganar 700 € trabajando más de 8 horas al día, mientras ve a sus amigos emigrar a otras ciudades, ¡e incluso a otros países!, dice el indignado, porque en España no hay trabajo digno, como él lo llama. Y la miro de soslayo y le veo sonreír con cuidado, en silencio... imagino que le vendrán a la mente tantos trabajos dignos que ella ha realizado, agachada limpiando suelos, o su querido Rafael, pintando muros y tabiques, mientras el sol le picaba la espalda. ¿Dignidad? Imagino que se pregunta... Y yo le respondo en mi cabeza. La dignidad no responde a un trabajo ni un sueldo, sino a la persona que lo realiza, y ahí estás tú, noble y majestuosa, honrada y honesta, toda una Señora.
 
Hija laboriosa y vástago duro y currante. Nietas cabezotas, pero con su heredada ternura algo escondida y sus nietos, sudando para salir adelante, como ella, sin una queja, sólo su brega. Sus bisnietos la miran y la adoran, le dan besitos y la dejan dormir con la tele encendida, mientras alguna de ellas le pone la manta, no vaya a coger frío. ¿Qué mejor herencia puede dejar una persona?
 
Y sigo cavilando, la miro y pienso, qué lástima que la haya adoptado como abuela, porque si no, me arrodillaría y le preguntaría: ¿Quiere usted casarse conmigo, Doña Anita?
 
 
 
 
 

1 comentario:

Belen Ortega dijo...

Doy fe de que ella es asi. Me siento muy orgullosa de tener algo que ver con esta señora.

Es todo un placer para mi

DOÑA ANITA